lunes, julio 25, 2005

Podrática

Se escucha: Decemberists - We both go down together

Cuando me dirigía a mi casa en la micro, nos encontramos con una parafernalia más o menos en media Alameda, bomberos, pacos, muchos mirones, colchón inflado, todo con cuática: nuevamente personas sobre la estructura para señaléticas, no una, no dos, como 8.
Gente desesperada, que sólo quieren una solución. No sé a qué, al menos la vez pasada se refería a vivienda.
Todo es plata, eso me carga.
Claro, es el sistema, no hay otro, para lo que sea requieres de dinero, pero es terrible. Sobre todo si consideramos que hay mucho en manos de unos pocos, que obvio, quieren más y no perder ni pan ni pedazo, y otros que luchan por tener una casa, sin el temor al remate.
Hoy escuché en la radio sobre un reportaje no sé en que medio donde se decía que comprar en un supermercado de Maipú, o en un alamcén de barrio, es más caro que un supermercado de La Dehesa.
Qué onda.
Y ahora me acuerdo de mis compañeros de la U que en medio de una toma, me decían que qué hacía yo ahí si no tenía problemas. Que si acaso iba a pasarlo bien un rato, un recreíto. Me daba mucha rabia, porque en ese momento de verdad pensaba que algo se podría hacer a través de la acción política. Claro, esa fue mi primera y última incursión en esos ámbitos, luego de ver cómo es ese mundo. Feo. Interesado. No le creas a nadie. Y ya no queda en quién confiar, cuando el sistema democrático se basa en eso.
Es el poder.
En una entrevista para Paula, Nicolás López, (que aprosópito me gusta mucho), decía "el poder es afrodisíaco".

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lunes, octubre 04, 2004

Lo Barnechea: vergüenza nacional

Esta ciudad, gracias a Pinochet, está dividida.
Aquí no es como en cualquier ciudad desarrollada de Brazil, en donde junto a lujosas casas se observan fabelas donde el candomblé y la capoeira, le dan un sabor a la miseria que cuelga de los cerros.
Esta ciudad, la gran capital de este largo país (la "tripita" como la llamaba un cubano que conocí alguna vez), se divide entre comunas ricas y comunas pobres. La perifera, el centro y la cordillera.
A una amiga, su padre le decía "¿Ves esa plaza? ¿la plaza Italia? Bueno, nosotros vivimos de allí hacia abajo, ese es nuestro lugar. La gente que vive de allá hacia arriba, es de otro mundo, y tu no puedes entrometerte con ellos." Las paradojas de la vida, ella terminó compartiendo algunos meses con una niña proveniente de ese mismo lugar al que su padre señaló como prohibido. Nos demorábamos horas en llegar a nuestras casas. Era casi como viajar a otra ciudad. Así está hecha esta cuidad: es enemiga de los contactos intercomunales.

Pero bueno, existe un lugar de este ciudad que no es así. Un lugar en que se pueden ver las construcciones -si se les puede llamar así- más precarias, junto a un río que trasporta la caca de la ciudad -aunque a esas alturas no está tan sucio-, y el mayor lujo de esta ciudad, un lugar que parece ser otro país, parece que otro idioma se hablara en esas calles, un dialecto especial, el dialecto del dinero.
Lo Barnechea.
No pasaba por ese sector hace mucho tiempo, sólo lo hago cuando voy de visita a casa de alguna amigo. Parece que he estado bastante encerrada porque no recuerdo ese lugar como lo vi. Lujosos autos a la venta en vez de quiscos con revistas, chicles y sopaipillas. Árboles, limpieza. "Gente bien". Claro, no cuesta nada mirar hacia el otro lado cuando se pasa frente a las mediaguas.
Y eso no es todo. La flamante alcaldesa del lugar, a pedido de algunos "molestos" vecinos debido al "afeamiento del paisaje y el contacto obligatorio con quienes no son de su agrado visual", construyó un gran muro que divide un sector en que el río no sirve de barrera natural. Así es, nuestro pequeño muro en plena ciudad sudaca, dividiendo los ricos de los pobres, lo que pueden de los que deben, los que deciden de los que obedecen. Claro, ellos sirven para mantener el sistema. La lógica de los contrarios obliga a la existencia de un pobre para ser yo el rico.
Qué basura inmaterial entre tanto auto lujoso y tiendas de nombres inpronunciables. Menos mal salí rápidamente de allí, con la convicción de no querer volver, y con la tristeza de ser un persona cobarde que prefiere obviar y suprimir, a cambiar.
Y por eso es que escribo aquí.
Para que no se me olvide.

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